La Habana, Cuba, un día cualquiera de julio de 2026
Havana 2026, fotografia de Marta Lança
Caliente, como todos los veranos. Pero casi un infierno: sin electricidad, 24, 30 horas; quizás un suspiro de 2, 3 horas y luego lo mismo, semana tras semana, desde hace meses, cuando la administración Trump aplicó quizás su más cruel castigo: el cerco energético.
La mayoría de los cubanos hemos aprendido a vivir, durante 64 años, con el bloqueo económico que el gobierno de Estados Unidos llama eufemísticamente “embargo”. ¿Motivos? Somos un mal ejemplo. Se esgrimen los epítetos “dictadura”, “país de economía fallida”, junto al ya conocido de “amenaza a nuestra seguridad nacional” –algo que de no ser tan serio el problema, movería a risa-. Lo cierto es que nuestros índices de desarrollo científico, educativo, cultural y de salud pública, así como nuestra independencia política, sirven de referencia a muchos pueblos. Y esto asusta, molesta al gran imperio.
Hoy puedo escribir, es la 1 y 50 de la madrugada, acaba de llegar a mi barrio la electricidad, después de 22 horas de desconexión. Ahora hay vecinos que expresan su alegría; los mismos que durante el apagón golpearon calderos y ollas para expresar su descontento.
Centro Fidel Castro Ruz | HavanaEs así, no hay bueno bueno ni malo malo, como lo pintan en la TV y las redes -las de acá adentro y las de allá, en Estados Unidos-; el ser humano es mucho más complejo que cualquier intento de dibujarlo o reproducirlo. La mayoría de estos vecinos critica medidas del gobierno, o más bien, la falta de medidas acertadas del gobierno; pero esa mayoría saldrá a pelear si nos invaden. No se trata de defender un partido político o un equipo de gobernantes; se defiende ese algo que puede a veces parecer impreciso, poco reconocible, pero que late en el corazón de muchos: la Patria.
Patria es hogar, familia y mucho más allá. Patria para los cubanos significa tierra, significa historia, significa la sangre de miles que entregaron todo por construirla, desde hace más de dos siglos
Somos hijos de una pequeña isla a solo 150 kilómetros de la mayor potencia del mundo. Siempre nos ha sido difícil, como pueblo, llevarnos bien con los gobiernos de esa potencia. Y todo empeoró a partir de 1959, cuando este pueblo decidió tomar un rumbo propio, alejado de “las maravillas” del capitalismo.
Somos hijos de un país que en la mañana oferta 80 gramos de pan a cada ciudadano, aun precio más que decente, subvencionado; pero esto no se cumple todos los días porque el barco que trae la harina no siempre llega; quizás sancionaron a la empresa que nos lo vende, igual que a los que pretenden vendernos petróleo.
En este caliente julio Cuba parece colapsar. Las sanciones del poderoso vecino se extienden a todo el que quiera comerciar con la Isla a o invertir en ella. Centenares de bancos han sido penalizados por tramitar negocios con empresas cubanas. Un 80% del mercado para sus exportaciones se ha esfumado: empresas de todos los continentes han dejado de comprar productos cubanos; grandes hoteleras con inversiones millonarias se han retirado del país, dejando más de cien hoteles sin su principal fuente de financiamiento. Muchas fábricas han cerrado o reducido su tiempo de producción, los hospitales sufren escasez de medicamentos, equipos y otros insumos; las salas de operación funcionan solo para casos muy graves, con la limitada energía solar. El transporte público se ha reducido en un 90%; muchas poblaciones utilizan vehículos con tracción animal. Desapareció el tráfico aéreo nacional, para pasajeros y carga: igualmente se ha visto afectado el transporte por carretera y el ferroviario. Centros de servicios públicos limitan a cuatro o seis horas su funcionamiento. Las escuelas han tenido que ajustar los programas de estudio, obligadas a finalizar el curso regular antes de lo previsto. La cultura artística y literaria no es ajena a esta grave situación: menos producciones cinematográficas, teatros con programación reducida, escasez de papel para editar libros y revistas, eventos culturales muy limitados en tiempo y recursos.
Ahora puedo escribir, una, dos horas; luego vendrá de nuevo la oscuridad, y con ella, para algunos el desaliento, para otros la incertidumbre. En la mañana, unos y otros saldrán a buscar el sustento, y enfrentarán precios regidos por la ley del dólar, la inflación y el cerco económico.
Nuestro país ha encajado de la peor manera los golpes de la inflación que asola al mundo desde la gran epidemia de la COVID 19. Los precios de los alimentos se han disparado a niveles insostenibles para la mayor parte de la población, aunque el gobierno ha dispuesto aumentos de pensiones y salarios, estos resultan insuficientes.
Es inadmisible que se intente borrar que en este país triunfó una revolución en 1959, que derrocó una tiranía –aupada y protegida por Estados Unidos- que en seis años había asesinado a más de 20 mil cubanos. Revolución que derrumbó cincuenta y siete años de un sistema corrupto y criminal; políticamente vendido a los intereses de la Casa Blanca.
Esa Revolución entregó tierra a decenas de miles de campesinos, acabó con los monopolios extranjeros del petróleo, el níquel, el azúcar, la electricidad y la telefonía; alfabetizó a más de un millón de personas; hizo propietarios de su vivienda a todos los que hasta entonces eran inquilinos; creó millares de escuelas y decenas de universidades, un sistema de asistencia de salud desde miles de consultorios para dos centenares de familias hasta grandes hospitales integrales o especializados, centros de investigación científica y de producción de medicamentos. Para la cultura artística y literaria, escuelas de arte, salarios y seguridad social para músicos, actores, bailarines, artistas circenses; y derechos para los compositores, autores literarios y de obras cinematográficas, así como de las artes visuales. El deporte cubano blasona de ser el país latinoamericano más galardonado en Olimpiadas y campeonatos mundiales, con resultados incluso superiores a los de países europeos, de hecho más avanzados.
En el plano internacional, Cuba creó la Tricontinental para el intercambio sociopolítico entre los llamados pueblos del Sur, siempre expoliados por las potencias occidentales; defendió las luchas de liberación de decenas de pueblos colonizados, al extremo de enviar miles de milicianos voluntarios a Angola, quienes garantizaron la independencia de ese país, la creación de Namibia y la consecuente caída del apartheid en Sudáfrica. Miles de médicos cubanos, desde 1960, han prestado sus servicios en más ochenta países; devolvieron la vista a un millón y medio de personas; combatieron la Covid 19 en Latinoamérica, Europa, África y el Medio Oriente y la letal epidemia del ébola, arriesgando siempre sus propias vidas. También, hemos enviado especialistas en educación, cultura y deportes. Dondequiera que hubo un desastre natural: terremoto, huracán, maremoto, incendio o efectos destructivos de las guerras, Cuba ha estado presente con sus brigadas de ayuda: bomberos, rescatistas, médicos…
Hoy no sabemos si podremos sobrevivir.; además del bloqueo llevado a límites inimaginables, la gran potencia añade una clara amenaza: la intervención militar.
Así y todo, con la incertidumbre de lo que sucederá en la mañana, aprovecho el corto tiempo de fluido eléctrico y escribo.
Havana 2026, fotografia de Marta Lança